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El recinto que hoy alberga el majestuoso conjunto del teatro y anfiteatro romanos de Mérida se planificó magistralmente en el extremo este del interior de la antigua ciudad. Los ingenieros romanos de la colonia no elegían al azar: aprovecharon la topografía natural y la pendiente del cerro de San Albín para cimentar y apoyar la estructura del graderío (cavea), una técnica vitrubiana que suponía una enorme economía de medios.
Los estudios arqueológicos revelan un proceso edilicio sumamente pragmático en sus cimientos. Las zanjas de cimentación se excavaron directamente en el sustrato geológico. Para su base, los constructores utilizaron opus caementicium (hormigón romano) compuesto por mampuestos calizos, los cuales fueron sólidamente cementados con un mortero rico en cal sobre una base firme de cantos rodados.
Pero la apariencia monumental que contemplamos hoy no es exactamente la que vieron los primeros habitantes de Emérita. En sus orígenes, la colonia estaba "poco marmorizada". El lujo inicial residía en el color: el estuco pintado cubría los muros, y no sería hasta más adelante cuando el mármol vestiría de blanco el edificio.
El teatro es un organismo vivo que evolucionó con el Imperio. A lo largo de su historia, el edificio experimentó importantes remodelaciones para adaptar su mensaje iconográfico a los tiempos: